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Luis Arroyo
El 13% de los votantes de Barack Obama piensa que el presidente de EEUU podría ser el anticristo. La cifra parece abultada, pero resulta casi insignificante si se compara con un 41% de opiniones similares entre quienes apoyaron en las urnas al republicano Mitt Romney. Ojo, que no es broma: el 22% de ellos realmente “cree que Obama es el anticristo” y otro 19% dice “no estar seguro”.
La reciente e interesantísima encuesta de Public Policy Polling (PPP) demuestra que nos tragamos las teorías de la conspiración –o las rechazamos– en función de nuestra ideología. El hallazgo no es tan novedoso, pero sirve para reforzar otros ejemplos de los que el consultor Luis Arroyo ya nos había hablado en su libro, El poder político en escena (RBA, 2012), y en su clase del pasado marzo en el Máster de Comunicación Política e Institucional del Instituto Universitario Ortega y Gasset.
“Cuanto más sabemos de política, más tendemos a confirmar nuestras posiciones previas frente a las pruebas en sentido contrario”, escribe Arroyo. En otras palabras: cuantas más demostraciones nos dan de que estamos equivocados, más nos enrocamos en nuestras opiniones iniciales.
Así, pese a las investigaciones que advierten de la amenaza real del cambio climático, el 71% de los estadounidenses que se definen como “muy conservadores” opina que el calentamiento global es sencillamente “un bulo”. En cambio, sólo piensa de esa manera el 12% de quienes dicen ser “muy progresistas”. La proporción se invierte al preguntar si George W. Bush engañó de forma intencionada a la población respecto a las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. El 72% de los demócratas está convencido de que el ex presidente mintió para justificar la guerra de Irak, pero sólo opina lo mismo un 13% de los republicanos (el partido de Bush).
Es por eso que “rara vez un político corrupto aceptará públicamente su culpa, porque sabe que los suyos encontrarán más verosímiles sus justificaciones, más fuertes sus pruebas y más emotivo su victimismo“, explica Arroyo, sociólogo y ex director de Gabinete de Carme Chacón en el Ministerio de Vivienda.
Y por esa misma razón, “de poco le sirvió al equipo de Obama publicar una copia del certificado de nacimiento que demostraba que había nacido en Hawaii y no en Kenia, como pretendía la ultraderecha”, ya que “por cada prueba que mostraba, había entre los republicanos conservadores una nueva confirmación de la conspiración procedente del otro lado: se argüía que faltaba el sello del documento, aparecía supuestamente la abuela paterna confirmando el nacimiento africano…”.
La encuesta, la clase y el libro sirven para corroborar que buena parte de los electores actúan casi como hooligans o hinchas de la política. Esos incondicionales o fieles constituyen lo que se llama el “suelo” de los partidos: una base estable que apenas varía de unas elecciones a otras. (Pase lo que pase y sea quien sea su candidato, el PP lleva dos décadas sin bajar de los 9,5 millones de votos).
Son ciudadanos que ya están convencidos de sus ideas y previsiblemente mantendrán una misma actitud y un mismo comportamiento político durante años, defendiendo a los suyos y censurando a los contrarios. “Basta con saber que un político representa al partido que no nos gusta para que, por razonable que sea lo que diga o lo que haga, tendamos a verle de manera más crítica, incluso a no creerle, a cuestionarle, a despreciarle”, resume Arroyo.
Por más que creamos que la razón y los hechos deberían imponerse a la pasión y los dogmas, lo cierto es que tendemos a “buscar la información que está en línea con nuestras opiniones, interpretarla como nos interesa y recordar más lo que es coherente con nuestros juicios”. Consumimos los medios de comunicación que más se acercan a nuestras convicciones ideológicas, sean El País o La Razón, Intereconomía o laSexta, la Ser o la Cope.
Entonces, ¿es imposible convencer a alguien para que cambie de bando? No, pero casi.
Según Arroyo, en torno a un 20% de votantes entra en la categoría de persuadibles o volátiles (switchers o swingers en inglés): aquellos que se informan relativamente poco sobre política y cambian de opinión en función de cómo van las cosas. Aunque quizás sean también los más importantes: su voto –o abstención– suele decidir quién gana y quién pierde. ¡A por ellos!
*Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública desde octubre de 2008. Hasta entonces fue director adjunto del Gabinete de la vicepresidenta primera del Gobierno de España y previamente director de los gabinetes de la ministra de Vivienda, Carme Chacón, y de los dos secretarios de Estado de Comunicación entre 2004 y 2008. Ha escrito diversos textos sobre comunicación entre los que destacan El poder político en escena. Historia, estrategias y liturgias de la comunicación política (RBA, 2012), Los cien errores en la comunicación de las organizaciones(ESIC, 4ª edición, 2010) y, de próxima aparición, Frases como puños (Edhasa, 2013)
*Redactado por el alumno Luís Tejero
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